25 de noviembre de 2020

Maradona: Amado y Odiado pero sin duda un GENIO

Capitulo I (Cebollitas, Argentinos) inicia la semana de cumple del crack argento

Radar Deportivo

Toda esta semana entregaremos un capitulo del D10s del fútbol, amado, odiado, héroe, villano, humano, polémico todos eso es Diego Armando Maradona

Un lunes de un 30 de octubre de 1960 en el Policlínico Evita de Lanús, nace tal vez el mejor jugador de todos los tiempos, creció en en Villa Fiorito, Once años después, aparece por primera vez en los medios cuando todavía era un niño y el diario Clarín no dudo en hacer un reportaje de quien hacía jueguitos en los entre tiempos de los «bichos colorados», aunado a las grandes presentaciones en los Cebollitas del Profe Francis Cornejo, el importante diario publicó una nota en la que decía que «había un pibe con porte y clase de crack», aunque para la historia quedó el error al llamarlo equivocadamente «Caradona».

¿Que carajos era Cebollitas?

Argentinos Jrs, cuna de cracks, significó el primer equipo de Maradona. Aquella recordada categoría 60 fue campeona, rompió récords y viajó desplegando potrero en cualquier cancha. Luego, los años harían de cada integrante una historia diferente.

Si el término “Semillero del Mundo” le pertenece a Argentinos Juniors, gran parte de la marca registrada se la debe a los Cebollitas. El equipo, categoría 60, es el símbolo del potrero argentino. Se lo recuerda como el primer paso de la escalera al cielo de Maradona.

Diego apenas tenía 10 años cuando se acercó a probarse al predio de Argentinos Juniors. Lo acompañó Goyo Carrizo, un amigo de Villa Fiorito, y quien también sería parte del recordado equipo. Se tomaron dos colectivos y fueron las figuras de la práctica que supervisaba Francisco Cornejo. Él sería justamente el entrenador y a quien se lo considera el “descubridor” de Maradona.

El salto de calidad llegó con los últimos integrantes en llegar. El equipo categoría 60 ya existía, pero recién se preparaba para ingresar a los torneos de infantiles bajo la dirección técnica de Francis Cornejo. Fue él quien los llamó Cebollitas –según confesó varios años después- porque eran todos chiquititos. El seudónimo fue una manera de no utilizar el nombre del club para los Torneos Evita, ya que ellos no representaban a Argentinos. De todas maneras, los Cebollitas siguieron su recorrido en La Paternal y varios de ellos debutaron en Primera: Carabelli, Lucero, Delgado, Dalla Buona, Chammah, Carrizo y Chaile. El arquero Ojeda, Trotta, Montaña y Duré, importantes en aquellos primeros años, en cambio, se quedaron en el camino. En total, alrededor de veinte chicos integraban el equipo de los Cebollitas.

Los Torneos Evita fueron las pruebas más tangibles de su nivel. En el 73´ debutaron con un muy buen papel en la zona Buenos Aires. En el último partido se impusieron 5-4 con tres goles de Maradona ante Banda Roja (luego integrantes de las inferiores de River). Sin embargo, meses después tuvieron que viajar a Río Tercero, Córdoba, a disputar la instancia final contra otras provincias y el resultado no fue el esperado. Empataron 2-2 vs. Santiago del Estero y luego quedaron eliminados por penales.

El hambre insaciable de los chicos lo llevó, un año después, a obtener el certamen que antes se les había negado. En la final, el rival fue San Telmo, equipo que contaba con Marcelo Tinelli como lateral derecho. En aquel encuentro, los Cebollitas vencieron por 7-2 y levantaron el título que tenían pendiente.

También fueron campeones en las infantiles del Bicho, tanto en Novena como en Octava. Estuvieron 136 partidos invictos, récord que perdieron en la novena fecha ante Ferro. Como si fuera poco premio, se dieron el lujo de viajaron a Perú y a Uruguay por compromisos futbolísticos. Una verdadera revolución en el fútbol amateur de aquel entonces.

Los años siguientes no fueron iguales para todos. Mientras el Diego pasaba a Boca y su carrera ascendente no frenaba, otros elegían caminos alternativos. Daniel Polvorita Delgado, su aliado futbolístico, es representante de jugadores; Goyo Carrizo continúa viviendo en Villa Fiorito; y Dalla Buona tuvo una fugaz experiencia en el Sabbadell de España sin trascender.

El caso paradigmáticamente opuesto al del 10, es el del ex entrenador. Cornejo falleció en 2008 a causa de una leucemia, con una vida económica sumamente complicada y sin familia. “Yo a Maradona no le pido, le agradezco. Yo ya me siento pagado por haberlo visto”, expresó en una entrevista. Como un padre futbolístico, lo fue llevando de a poco y lo empezó a poner en categorías superiores. Recordadas son sus historias, en las que lo inscribía como Montanya, para que en la planilla los rivales no lo reconocieran.

A los 16 años, Diego pasó al plantel de Primera y otros compañeros se fueron alejando del club. Habían pasado sólo seis años desde el inicio de los Cebollitas. Pero sin su capitán y mejor jugador, no podían seguir. Desde ahí quedó, en la retina de los nostálgicos y la memoria de los más grandes, el equipo de potrero más recordado de la historia.

Formación habitual;

Ojeda; Trotta, Chaile, Chammah, Montaña; Lucero, Dalla Buona, Maradona; Duré, Carrizo y Delgado.

Fue admirado por todo el país por sus más de cien partidos invictos en su categoría. Uno de los mejores futbolistas de la historia se formó allí y empezó a mostrar toda su categoría.

Goyo Carrizo, amigo de infancia de Diego Maradona, lo invitó a probarse en las divisiones menores de Argentinos Juniors. El papá del futuro ‘crack’ los acompañó y parecía un viaje perdido porque la lluvia no permitía que prestaran las canchas del club. Francisco Gregorio Cornejo era el encargado de la categoría y los llevó a un parque a jugar. Maradona deslumbró y Francis, como le decían al DT, no le creyó que tuviera 9 años.

En ese momento los clubes no podían fichar oficialmente jugadores menores de 14 años, por eso disputaban los torneos infantiles y juveniles con equipos que tenían otro nombre. Según algunas versiones Cornejo le puso ‘Cebollitas’ porque eran todos “chiquititos”.

Maradona comenzó a afianzarse pero Francis no lo arriesgaba mucho porque era el más pequeño. En pleno inicio de adolescencia sus rivales podían tener 2, 3 o hasta 4 años más y eso entre los 10 – 14 años se nota mucho a nivel físico. Sin embargo, el ‘Pelusa’ le arreglaba los partidos y nadie podía creer su habilidad a tan corta edad. Empezó a ser tan conocido que en ocasiones el técnico lo inscribía con el apellido Montanya para que el contario no supiera que estaba disponible.

El criado en Villa Fiorito recuerda que en aquellas categorías ya había hecho un gol parecido al marcado contra Inglaterra en 1986 eludiendo a varios rivales e incluso hizo uno con la mano. También dicen que River Plate lo buscó en varias oportunidades y Don Diego respondía que su hijo estaba bien en Argentinos Juniors.

Marcelo Tinelli lo sufrió;

Una de las historias la recuerda un famoso conductor de televisión argentina. Marcelo Tinelli hacía parte de San Telmo y se enfrentó a los Cebollitas en una semifinal. Entró a cuando faltaban 15 minutos y le dijo a Maradona: “gordo, la c… de tu madre, vos metés el pase para otro gol y yo te rompo una gamba”. El ‘10’ no dio más asistencias pero marcó tres goles.

Según las cuentas de Maradona, y un cuaderno que años después le regaló Francisco Cornejo, entre 1973 – 1974 ganaron 136 partidos seguidos. Ganaron la categoría novena y a partir de ahí Diego Maradona ascendió e incluso lo saltaron de categorías hasta llegar a entrenar en el plantel profesional. Varios de los Cebollitas alcanzaron a debutar en Primera División años después sin mayor repercusión y otros no llegaron.

Llego al bicho… para romperla

La historia de Argentinos Juniors cambió para siempre: Diego Armando Maradona debutó en el primer equipo en Juan Agustín García y Boyacá. un 20 de octubre, aquel partido contra Talleres de Córdoba en que “el Pelusa” jugó sus primeros minutos como profesional.

Corría la octava fecha del Torneo Nacional del año 1976 y Argentinos Juniors recibía en La Paternal a Talleres de Córdoba, que acarreaba tres triunfos al hilo y ya se perfilaba como el líder de la zona. El partido, que terminaría con derrota por 1 a 0, transcurrió en la tarde del miércoles 20 de Octubre en el estadio de Juan Agustín García y Boyacá.

Con el «Polvora» Delgado en Cebollitas

A pesar de que Ludueña convirtió el gol que valió dos puntos en el primer tiempo, lo más destacado del encuentro ocurriría en el segundo cuando el mejor jugador de todos los tiempos ingresó en reemplazo de Rubén Giacobetti vistiendo la camiseta número 16. Diego Armando Maradona entraba a la cancha a falta de 10 días para cumplir los 16 años de edad y, de no ser por una sanción de 5 fechas que Diego acarreaba de un compromiso de divisiones inferiores, el debut hubiese sido mucho antes.

Goles en Argentinos

Juan Carlos Montes, el director técnico del equipo, lo mandó a la cancha y lo arengó para “que juegue como usted sabe”. Diego le hizo caso y en su primera oportunidad le tiró un caño a su marcador, el salteño Juan Domingo Patricio Cabrera. Con ese gesto técnico, empezaba una de las mejores etapas de nuestro club en el fútbol argentino en los pies de su hijo pródigo. Las gradas del estadio estaban bien nutridas de público, no solo simpatizantes locales, sino muchos que habían ido a ver al equipo cordobés, que por entonces demostraba un muy buen juego (con varios futbolistas de selección) y conseguía buenos resultados. A pesar de la afluencia de público, la cantidad de gente que afirma haber visto desde la tribuna ese partido histórico llenaría varias veces cualquier cancha. Es entendible, nadie se lo quiso haber perdido, ni siquiera en el imaginario.

Diego jugó en nuestra institución hasta 1980, convirtiendo 116 goles (lo que lo coloca como el máximo goleador del club en Primera División) y otorgando más de 60 asistencias en 166 partidos. Para 1981 pasó a Boca Juniors y luego fue transferido por Argentinos al Barcelona de España. El resto es historia más que conocida.

A pesar de no haber conseguido ningún título oficial, llevó al club al subcampeonato del Metropolitano de 1980 (la mejor clasificación en Primera hasta ese momento) y lo convirtió en un equipo competitivo, demostrando que Argentinos Juniors podía pelear en los puestos de arriba.

Tal fue la importancia y trascendencia del capitán de la selección campeona del mundo en México 1986 para nuestra institución que Argentinos decidió bautizar “Diego Armando Maradona” su recientemente reinaugurado estadio el día de los festejos por el centenario, el 15 de agosto de 2004.

El 20 de Octubre de 1976 marcó un antes y después en la historia de nuestra institución. Su manera de jugar al fútbol cautivo a cientos de miles de personas que iban al estadio a verlo jugar. El fruto más prolífico del Semillero del Mundo hizo feliz a toda La Paternal y, en sus acciones con la camiseta de nuestra selección, a toda la Argentina. De la mano del Diez, Argentinos pasó a ser una verdadera institución de referencia en el país y el mundo, alcanzando un predicamento nunca antes visto y consolidándose en la elite de nuestro fútbol y en los anales de la Historia. Ya desde aquel día los espectadores sabían que ese petiso de rulos era un distinto, tal y como lo demostró a lo largo de su carrera. Por eso, hoy recordamos con gran alegría uno de los días más importantes en la historia de nuestro fútbol, el día en el que Diego Armando Maradona empezó a jugarlo de forma profesional

Otra visión del debut

Ba­jo el sol pri­ma­ve­ral, on­ce ju­ga­do­res de Ar­gen­ti­nos Ju­niors in­gre­sa­ron a su can­cha pa­ra en­fren­tar a Ta­lle­res de Cór­do­ba por la oc­ta­va fe­cha del Na­cio­nal sin dar­se cuen­ta de que un ra­to des­pués en­tra­rían en la his­to­ria. Ha­cia las cua­tro y me­dia de la tar­de, mien­tras en las tri­bu­nas se co­men­ta­ba lo bien que ju­ga­ban los cor­do­be­ses, en el ves­tua­rio lo­cal el en­tre­tiem­po se iba en­tre la­men­tos y si­len­cios. Ar­gen­ti­nos per­día 1 a 0 y to­dos mi­ra­ron a un chi­qui­lín de pe­lo lar­go y en­ru­la­do que pa­re­cía no te­ner ner­vios en el pe­lle­jo. Juan Car­los Mon­tes, el en­tre­na­dor, le pre­gun­tó lo que el res­to de ju­ga­do­res sa­bía que le iba a pre­gun­tar:

–Ne­ne, ¿te ani­más?

–Sí –son­rió el ne­ne.

–Bue­no, en­trá, ju­gá y la pri­me­ra pe­lo­ta que aga­rrás, ti­rá un ca­ño.

El chi­qui­lín se pu­so de pie, se al­zó los pan­ta­lon­ci­tos has­ta el om­bli­go por­que le que­da­ban de­ma­sia­do lar­gos y es­pe­ró la se­ñal del ca­pi­tán del equi­po pa­ra ir rum­bo al cam­po. El chi­qui­lín te­nía quin­ce años, on­ce me­ses y vein­te días. Era Die­go Ar­man­do Ma­ra­do­na. Era el ju­ga­dor más jo­ven en la his­to­ria del fút­bol ar­gen­ti­no.En el club de La Paternal jugó 166 partidos y convirtió 116 goles.

En el club de La Paternal jugó 166 partidos y convirtió 116 goles.

Los on­ce ti­tu­la­res de aque­lla tar­de te­nían cla­ro que en al­gún mo­men­to el pi­be de Vi­lla Fio­ri­to reem­pla­za­ría a uno de ellos. Só­lo el ar­que­ro Mu­nut­ti y los cua­tro de­fen­so­res res­pi­ra­ban más ali­via­dos por­que la ine­xo­ra­ble ley del cam­bio bien he­cho los pro­te­gía: vo­lan­te que en­tra reem­pla­za a vo­lan­te o a de­lan­te­ro. Ha­bía lle­ga­do la ho­ra de ter­mi­nar con el runrún que los ator­men­tó de mar­tes a sá­ba­do. El ne­ne que los aver­gon­za­ba a to­dos du­ran­te los en­tre­na­mien­tos de la se­ma­na, el que la hin­cha­da de ese miér­co­les a la tar­de ya ha­bía re­cla­ma­do des­pués del gol de Ta­lle­res, el que te­nía el nú­me­ro 16 en la es­pal­da, no po­día es­pe­rar un mi­nu­to más en el ban­co de su­plen­tes.Argentinos AD (Antes de Diego). Formación de Argentinos frente a Talleres (1976): Arriba: Giacobetti, Gette, Pellerano, Munutti, Minuti, Roma. Abajo: López, Fren, Alvarez, Di Donato y Ovelar.

Argentinos AD (Antes de Diego). Formación de Argentinos frente a Talleres (1976): Arriba: Giacobetti, Gette, Pellerano, Munutti, Minuti, Roma. Abajo: López, Fren, Alvarez, Di Donato y Ovelar.

El enig­ma se re­sol­vió en­se­gui­da: “Mon­tes me di­jo que yo sa­lía y me la tu­ve que ban­car. A na­die le gus­ta sa­lir, pe­ro re­co­noz­co que esa tar­de no me fue bien. Me ha­bían man­da­do en­ci­mar al Ha­cha Lu­due­ña y en­ci­ma, a los vein­ti­sie­te mi­nu­tos, el Ha­cha me­tió el 1 a 0. Cuan­do ter­mi­nó el pri­mer tiem­po me la veía ve­nir por­que yo ju­ga­ba de vo­lan­te cen­tral, de mu­cha mar­ca, y an­te Ta­lle­res me ha­bían pues­to más ade­lan­te. Sa­bía que si no ren­día era el can­di­da­to a sa­lir”, re­cuer­da Ru­bén Gia­co­bet­ti en su in­mo­bi­lia­ria de Vi­lla Ur­qui­za.

El hom­bre que que­da­ría mar­ca­do co­mo “el que sa­ca­ron pa­ra que en­tra­ra Die­go” di­ce que se que­dó en el ban­co “pa­ra ver­lo ju­gar” y que “al me­nos ten­go la tran­qui­li­dad de que quien en­tra­ba por mí no era un tron­qui­to cual­quie­ra”.Ruben Giacobetti, a quien Diego reemplazó.

Ruben Giacobetti, a quien Diego reemplazó.

¿Aquel se­ría el úni­co par­ti­do en el que Die­go no usa­ría la ca­mi­se­ta 10 de Ar­gen­ti­nos Ju­niors? En ver­dad no, aun­que ésa es otra his­to­ria. A Ma­ra­do­na aún le que­da­ba un ca­mi­no a re­co­rrer en el úl­ti­mo tra­mo de aquel 1976.

Fue en me­dio de esos tiem­pos no­ve­do­sos pa­ra el fút­bol que la Jun­ta Mi­li­tar no da­ba tre­gua en su ob­je­ti­vo fun­da­men­tal: ca­zar vi­va o muer­ta a to­da la iz­quier­da ar­gen­ti­na, es­tu­vie­ra o no en la gue­rri­lla. Pa­ra ello los uni­for­ma­dos le pe­dían al pue­blo que ben­di­je­ra su cru­za­da en nom­bre de Oc­ci­den­te y de Cris­to. Es­to se leía en los dia­rios: “To­me con­cien­cia, a la sub­ver­sión no le in­te­re­sa que la po­bla­ción su­fra sus aten­ta­dos, la coac­cio­na y lue­go se ocul­ta de­trás de ella. To­me par­ti­do: no hay lu­gar pa­ra in­di­fe­ren­tes, ca­da uno tie­ne un pues­to de lu­cha con­tra es­tos de­men­tes sub­ver­si­vos”. Gran par­te de la po­bla­ción y de la añe­ja pren­sa los apo­ya­ba sin sa­ber, o sa­bien­do, que mi­les de jó­ve­nes eran aho­ga­dos en un ba­ño de san­gre. Po­bre 1976.

A LOS CA­ÑOS

Hay al me­nos tres ver­sio­nes so­bre el fa­mo­so ca­ño de Ma­ra­do­na: 1) Que re­ci­bió la pri­me­ra pe­lo­ta so­bre la ra­ya y allí, an­te la mar­ca de Ca­bre­ra, ti­ró el ca­ño ha­cia atrás; 2) Ma­ra­do­na de­bía ha­cer­le ese ca­ño a Ca­bre­ra pa­ra ha­cer­ amo­nes­tar o ex­pul­sar al vo­lan­te de Ta­lle­res; y 3) El ca­ño fue cer­ca de la mi­tad de can­cha y fren­te a fren­te.

Hum­ber­to Mi­nu­ti , mar­ca­dor de pun­ta de aquel Ar­gen­ti­nos, y aho­ra em­plea­do de una pe­tro­le­ra, sos­tie­ne la pri­me­ra opi­nión: “Fue un ca­ño te­rri­ble. Pe­ro no sé si fue la pri­me­ra pe­lo­ta o no. Sí re­cuer­do que Die­go es­ta­ba cer­ca de uno de los la­te­ra­les”. Se­bas­tián Ove­lar , el pun­te­ro iz­quier­do que hoy tra­ba­ja en un fri­go­rí­fi­co, de­fien­de la se­gun­da: “Mon­tes le ha­bía di­cho a Die­go que te­nía que sa­car a Ca­bre­ra. Por eso Ca­bre­ra le ti­ró una te­rri­ble pa­ta­da”.Sebastian Ovelar.

Sebastian Ovelar.

El ar­chi­vo de la re­vis­ta El Grá­fi­co tie­ne esa fa­ma de lu­gar fan­tás­ti­co –quien no ha es­cu­cha­do al­gu­na vez la mu­le­ti­lla “y si no lo tie­nen en el ar­chi­vo de El Grá­fi­co no lo tie­ne na­die”– en el que se guar­dan los do­cu­men­tos his­tó­ri­cos me­nos pen­sa­dos. Pe­ro acla­re­mos que los ar­chi­vos no ha­blan. Si sus ar­ma­rios y ca­jo­nes lo hi­cie­ran, ha­ce mu­chos años que la fo­to que se pu­bli­ca en es­ta edi­ción ha­bría co­no­ci­do la luz. ¿Era la pri­me­ra pe­lo­ta que to­có el ju­ga­dor más gran­de de la his­to­ria aquel 20 de oc­tu­bre de 1976. ¿Era el caño?

Vein­ti­cin­co años des­pués que fue lo­gra­da por Hum­ber­to Spe­ran­za, la fo­to dur­mió en un so­bre, en vi­go­ro­so es­ta­do de vir­gi­ni­dad, has­ta que nues­tro com­pa­ñe­ro Die­go Bo­rinsky se pu­so a bus­car unos da­tos de Juan Ca­bre­ra. A Bo­rinsky en­ton­ces le sa­lió el irres­pe­tuo­so que lle­va aden­tro:

–Mi­ren es­to, la pu­ta que lo pa­rió.Como si hubiese querido reservarse para el homenaje, ésta es la foto que nadie encontró durante un cuarto de siglo. El caño de Diego a Cabrera.

Como si hubiese querido reservarse para el homenaje, ésta es la foto que nadie encontró durante un cuarto de siglo. El caño de Diego a Cabrera. Sin po­der creer lo que veían, aun­que edu­ca­dos en el mal há­bi­to de no sor­pren­der­se por na­da de lo que sa­le de tan­tos so­bres ama­ri­llen­tos, fríos y a ve­ces hú­me­dos, los tres tra­ba­ja­do­res del ar­chi­vo asien­ten a se­me­jan­te exa­brup­to de Bo­rinsky. Pe­ro la sa­na ex­pe­rien­cia de Juan, Víc­tor y Ma­ría re­co­mien­da en­co­men­dar­se al san­to de los ar­chi­vos an­tes de can­tar vic­to­ria: San Che­queo.

La fuen­te no po­día ser otra que Ma­ra­do­na. Quien es­to es­cri­be en­vía un fax a La Ha­ba­na con la fo­to­gra­fía. La res­pues­ta lle­ga por te­lé­fo­no y tie­ne el mis­mo efec­to que un acier­to en el Lo­to:

–Sí, ape­nas la vi le di­je a Cop­po­la: és­te es el ca­ño a Ca­bre­ra –di­ce Die­go. Es­ta es en­ton­ces la ter­ce­ra ver­sión y an­te la fo­to vir­gen que aca­ba de ser des­hon­ra­da, el de­ba­te es­tá ce­rra­do.

Pa­ra los afor­tu­na­dos pe­rio­dis­tas que cu­brie­ron aquel par­ti­do, Ta­lle­res me­re­ció el triun­fo. El mis­mo Ma­ra­do­na ha di­cho en su bio­gra­fía que “los cor­do­be­ses nos es­ta­ban dan­do un to­que bár­ba­ro”.Pe­ro la me­mo­ria de mu­chos de sus com­pa­ñe­ros de equi­po se re­sis­te a dar­le la ra­zón a la pren­sa: “No es tan así lo que es­cri­bió One­si­me en El Grá­fi­co. En el se­gun­do tiem­po tu­vi­mos a Ta­lle­res en un ar­co. Me­re­ci­mos ga­nar no­so­tros”, di­ce Mi­nu­ti con al­go de bron­ca. En el mis­mo sen­ti­do se que­ja Dan­te Ro­ma , el otro mar­ca­dor de pun­ta que en es­tos días ven­de se­gu­ros: “Lás­ti­ma que per­di­mos, pe­ro ese día nos erra­mos ca­da gol”.José Daniel Valencia, una de las estrellas de Talleres, lo sigue de cerca. Valencia se transformó en gran amigo de Diego.

José Daniel Valencia, una de las estrellas de Talleres, lo sigue de cerca. Valencia se transformó en gran amigo de Diego.

Ta­lle­res mo­de­lo 76 arras­tra­ba mi­les de hin­chas cuan­do de­sem­bar­ca­ba en Bue­nos Ai­res. Prac­ti­ca­ban el fút­bol que le gus­ta a la gen­te cuan­do aún la dis­cu­sión so­bre el fút­bol que le gus­ta a la gen­te no ha­bía fer­men­ta­do. Bi­lar­do ha­cía de las su­yas en La Pla­ta y Me­not­ti era el rey de la Se­lec­ción y en­tre sus mu­le­ti­llas pre­fe­ri­das re­pe­tía que Va­len­cia y Lu­due­ña “eran dos ju­ga­do­ra­zos”.

Aun­que nun­ca se sa­brá qué can­ti­dad exac­ta de pú­bli­co fue ese 20 de oc­tu­bre a La Pa­ter­nal lo cier­to es que las tri­bu­nas te­nían un buen as­pec­to y que la re­cau­da­ción de esa tar­de fue de 1.273.100 pe­sos (9.000 dó­la­res), su­pe­ran­do los in­gre­sos de va­rios de los gran­des. Un de­par­ta­men­to de dos am­bien­tes va­lía 15 mil dó­la­res, un suel­do es­ta­tal unos 400 y la vi­da na­da.

Al­gún día un ar­queó­lo­go in­ves­ti­ga­rá cuán­tos de aque­llos mi­les fue­ron por Ma­ra­do­na y cuan­tos otros pa­ra ver el car­na­val cor­do­bés.

Un hin­cha de Ar­gen­ti­nos de esos días tie­ne es­te re­gis­tro: “No se sa­bía bien si Die­go iba a de­bu­tar, eran to­das es­pe­cu­la­cio­nes. Yo es­ta­ba en la tri­bu­na de Juan Agus­tín Gar­cía –di­ce Elio Os­car Pa­drón –. Ta­lle­res tra­jo mu­cha gen­te por­que te­nía un lin­do equi­po. Du­ran­te el en­tre­tiem­po nos en­te­ra­mos de que po­nían a Die­go. Va­rios hin­chas to­má­ba­mos al­go en el buf­fet que aten­día un ex ju­ga­dor de Ar­gen­ti­nos y Ri­ver, el Ni­cha Sainz. Allí so­lía ir Prós­pe­ro Cón­so­li, quien to­da­vía no era pre­si­den­te del club. Cón­so­li lar­gó la bo­cha de que Ma­ra­do­na en­tra­ba en el se­gun­do tiem­po. Die­go hi­zo dos o tres ju­ga­das, no mu­chas, pe­ro con eso la can­cha se ve­nía aba­jo. Yo es­cu­ché des­pués una no­ta en la que Ca­bre­ra le ha­bría di­cho a Ma­ra­do­na, ‘pi­be no me ha­gas otro ca­ño por­que te re­vien­to’. Me acuer­do bien de una ju­ga­da. Hi­zo un som­bre­ro, pa­só en­tre dos ti­pos, sa­có el zur­da­zo y pa­só cer­ca del pa­lo. Has­ta los de Ta­lle­res di­je­ron oooohhh”. Ya daba para póster. La hinchada lo pidió en el primer tiempo. Diego entró con la camiseta 16. Siete fechas después sería titular para siempre.

Ya daba para póster. La hinchada lo pidió en el primer tiempo. Diego entró con la camiseta 16. Siete fechas después sería titular para siempre.

Na­tu­ral­men­te ocu­rrió lo que ya na­tu­ral­men­te no su­ce­de más: des­pués de 45 mi­nu­tos, hin­chas de los dos equi­pos aplau­die­ron a ese ni­ño de piel ma­te. Una ex­tra­ña sen­sa­ción re­co­rría a to­dos. Sin sa­ber­lo, ha­bían asis­ti­do al na­ci­mien­to del pri­mer ído­lo lí­ri­co, el mis­mo cu­yas gam­be­tas, tiem­po des­pués, de­rre­ti­rían la san­gre en las ve­nas co­mo de­cía un gra­ffi­ti anó­ni­mo en las ca­lles de Ná­po­les.

Aba­jo, en esa can­cha po­bre de pas­to pe­ro ri­ca en he­chi­zos, Ma­ra­do­na se re­ti­ra­ba con una mez­cla de ale­gría y fas­ti­dio. El pa­dre, don Die­go, lo veía des­de las tri­bu­nas de ta­blón. Ha­bía lle­ga­do jus­to pa­ra el de­but de Pe­lu­sa por­que sa­lió de la fá­bri­ca a las tres de la tar­de. Pe­ro la­men­ta­ba no ha­ber acom­pa­ña­do esa ma­ña­na al hi­jo cuan­do, muy tem­pra­no, Die­go to­mó so­li­ta­rio el tren que lo lle­va­ba de Fio­ri­to a Puen­te Al­si­na.

“To­do el mun­do se acer­có al ves­tua­rio pa­ra felicitarlo, es­pe­cial­men­te la gen­te de las in­fe­rio­res –cuen­ta Mi­guel Get­te, mar­ca­dor cen­tral y aho­ra cuen­ta­pro­pis­ta–. Pa­ra ellos era un triun­fo que uno de los pi­bes de­bu­ta­ra a esa edad. Die­go pu­so una ca­ra de fe­li­ci­dad que no ol­vi­da­ré. Todos le dijimos que la derrota no importaba.”Gette era marcador central. Como cuentapropista puso canchas de fútbol.

Gette era marcador central. Como cuentapropista puso canchas de fútbol. Die­go se afe­rró a la ca­mi­se­ta y la pu­so en el bol­si­to co­mo si fue­ra a usar­la de nue­vo. Cuan­do vol­vió a Fio­ri­to, se la re­ga­ló a la ma­dre. Aque­lla quin­ce des­can­sa en la ca­sa de Vi­lla De­vo­to.

EL DIARIO DEL JUEVES

Cla­rín: “La en­tra­da del chi­co Ma­ra­do­na le dio ma­yor mo­vi­li­dad al ata­que pe­ro so­lo no pu­do ven­cer la va­lla cor­do­be­sa. Ma­ra­do­na es un chi­co há­bil pe­ro no tu­vo con quien to­car”.La Ra­zón: “La en­tra­da de un chi­co de quin­ce años que has­ta no ha­ce mu­cho en­tre­te­nía a los es­pec­ta­do­res ha­cien­do ma­la­ba­ris­mos con la pe­lo­ta en los en­tre­tiem­pos y que se lla­ma Die­go  Ma­ra­do­na tu­vo mu­cho que ver, por­que su atre­vi­mien­to se cons­ti­tu­yó en el eje de su con­jun­to, des­ta­pán­do­se pa­ra re­ci­bir y de­se­qui­li­brar con su gam­be­ta en­dia­bla­da y me­tien­do pe­lo­ta­zos”.La Pren­sa: “Pa­ra la rea­nu­da­ción del en­cuen­tro, Ar­gen­ti­nos rea­li­zó un cam­bio que fue apro­ba­do por el pú­bli­co por las cua­li­da­des del in­gre­san­te”.La Voz del In­te­rior (Cór­do­ba): re­sal­tó el de­but de Die­go pe­ro co­me­tió un pe­que­ño error al ci­tar su ape­lli­do: “Ma­la­do­na elu­dió a va­rios ri­va­les, re­ma­tó en for­ma de cen­tro y Gal­ván, bas­tan­te apu­ra­do, ca­si in­tro­du­ce el ba­lón en el ar­co”.

SE VIE­NE, SE VIE­NE

Có­mo es que se­me­jan­te pie­dra pre­cio­sa no ha­bía aparecido an­tes es al­go que cues­ta tra­ba­jo en­ten­der. Si bien en­ton­ces un de­but to­da­vía era una ce­re­mo­nia que lle­va­ba el pro­ce­so de ma­du­ra­ción de un buen vi­no men­do­ci­no, Ma­ra­do­na tu­vo una fe­cha ten­ta­ti­va pa­ra su pri­me­ra vez pro­fe­sio­nal. De­bió ser el 12 de setiembre, cuan­do em­pe­za­ba el torneo Nacional. ¿Qué pasó?

Die­go ha­bía ju­ga­do la fi­nal del tor­neo de Sép­ti­ma Di­vi­sión y lo ha­bían ex­pul­sa­do por aplau­dir en for­ma bur­lo­na a un de­sa­cer­ta­do juez de lí­nea. Mon­tes, ya re­ti­ra­do de la di­rec­ción téc­ni­ca, ju­ra que no sa­bía na­da: “Yo ya le ha­bía di­cho a uno de los ti­pos de la Co­mi­sión de Fút­bol que cuan­do co­men­za­ra el Na­cio­nal iba a po­ner a Die­go. Pe­ro co­mo en­tre el fin del tor­neo Me­tro­po­li­ta­no y el ini­cio del Na­cio­nal se pro­du­jo un re­ce­so de vein­te días, lo lle­va­ron a re­for­zar la Sép­ti­ma. Yo no sa­bía na­da de la ex­pul­sión. Un día de se­ma­na lo pon­go con los de la Pri­me­ra pa­ra que prac­ti­que pen­san­do en el co­mien­zo del cam­peo­na­to y al­guien me cuen­ta que Ma­ra­do­na es­ta­ba sus­pen­di­do”.El técnico Juan Montes, en Rosario.

El técnico Juan Montes, en Rosario.

A Die­go le avi­sa un tal Rey, coor­di­na­dor de in­fe­rio­res, que le ha lle­ga­do la ho­ra. Un cuar­to de si­glo des­pués Ma­ra­do­na nos di­ce: “No me acuer­do si eran cin­co o sie­te fe­chas, pe­ro ya ven, así pro­te­gían a los ha­bi­li­do­sos, mi­rá la can­ti­dad de fe­chas que me pu­sie­ron”.

To­dos co­no­cen que el pri­mer vi­den­te que acer­tó a pro­nun­ciar la fra­se “co­noz­co un pi­be que se­rá un fe­nó­me­no” fue otro pi­be. Go­yo Ca­rri­zo te­nía ocho años y fue quien lle­vó a Die­go, su ami­go de la in­fan­cia, a que pa­sa­ra una prue­ba en los Ce­bo­lli­tas de Ar­gen­ti­nos que di­ri­gía Fran­cis­co Cor­ne­jo. Pe­ro aho­ra tam­bién se sa­be quién le di­jo al téc­ni­co Mon­tes que ya era ho­ra de mi­rar al Ne­ne de las in­fe­rio­res. Ri­car­do Pe­lle­ra­no, za­gue­ro cen­tral de aquel Ar­gen­ti­nos de oc­tu­bre del 76, cuen­ta mien­tras tra­ba­ja en el puer­to de Dock Sud: “Yo era ami­go de Cor­ne­jo por­que el tra­ba­jo con los pi­bes me apa­sio­na­ba. Un día Cor­ne­jo me in­vi­tó a ver un chi­co. Fui a la can­cha de Ar­gen­ti­nos y ha­cían de a cin­co go­les. Se lo co­men­té a Mon­tes y al po­co tiem­po lla­mó a Die­go pa­ra un en­tre­na­mien­to con­tra la Pri­me­ra. Nos gam­be­tea­ba de a cua­tro”.

La cu­rio­si­dad fue ga­nan­do a va­rios di­ri­gen­tes de Ar­gen­ti­nos Ju­niors y mes a mes le pre­gun­ta­ban a Pe­lle­ra­no lo mis­mo: ¿Te pa­re­ce que ya es­tá pa­ra la Pri­me­ra? Pe­lle­ra­no, ya con­ver­ti­do en ca­pi­tán del equi­po, un buen día del 76 se can­só:

–Sí, ya les di­je que es­tá pa­ra la Pri­me­ra.

–¿Y la ex­pe­rien­cia? –pre­gun­tó un di­ri­gen­te.

–Se ga­na ju­gan­do –res­pon­dió el ca­pi­tán.Pellerano, el capitán.

Pellerano, el capitán.

Sin em­bar­go hu­bo opo­si­ción. Bue­no, de al­gu­na ma­ne­ra hay que lla­mar­la. El pro­pio Fran­cis­co Cor­ne­jo lo ad­mi­te: “Es cier­to que cuan­do Mon­tes me pi­de a Die­go yo me re­sis­tía. Ahí es­ta­ba yo, el hom­bre que le ha­bía de­di­ca­do su vi­da al chi­co, el que lo ha­bía en­tre­na­do en to­dos los años de apren­di­za­je, el que lo co­no­cía me­jor, ro­ga­ba que lo de­ja­sen un año más en las in­fe­rio­res. Pe­ro acla­ro, no me gus­ta­ba que lo su­bie­ran por­que me lo iban a mal­tra­tar. Yo que­ría pro­te­ger­lo”. Cor­ne­jo no fue el úni­co que le­van­tó su ma­no pa­ra vo­tar en con­tra. Más si­len­cio­sos, y en­tre bam­ba­li­nas, al­gu­nos po­nían ca­ra de du­da. Lo re­cuer­da Mi­nu­ti: “Es cier­to, ha­bía co­men­ta­rios di­cien­do que có­mo un chi­co de quin­ce años que no ha­bía ju­ga­do nun­ca en Pri­me­ra iba a sal­var a un equi­po que pe­lea­ba el des­cen­so. Pe­ro cla­ro, no lo co­no­cían. A mí por ejem­plo se me abrie­ron los ojos en la prác­ti­ca an­te­rior al par­ti­do an­te Ta­lle­res. Yo ni sa­bía que exis­tía. Le pre­gun­té a Pe­lle­ra­no y me di­jo que era un pi­be que la es­ta­ba rom­pien­do en las in­fe­rio­res. Mon­tes lo pu­so pa­ra el equi­po su­plen­te y le ti­rá­ba­mos ca­da pa­ta­da que no lo po­día­mos aga­rrar. Des­pués lo pu­so Mon­tes pa­ra el equi­po ti­tu­lar y chau, na­die más po­día de­cir na­da”.Humberto Minuti.

Humberto Minuti.

LA AR­MA­DA BRAN­CA­LEO­NE

El Ar­gen­ti­nos Ju­niors de en­ton­ces pe­na­ba por los úl­ti­mos lu­ga­res de la ta­bla sin otra es­pe­ran­za que la de sa­lir en los dia­rios ba­jo el tí­tu­lo “El Bi­cho se sal­vó”. En el Me­tro­po­li­ta­no 1976 ha­bía ju­ga­do un Re­du­ci­do pa­ra za­far del des­cen­so.

“Yo aga­rré a Ar­gen­ti­nos cuan­do iba úl­ti­mo en el Me­tro –di­ce el en­tre­na­dor Mon­tes–. Ha­bía que ar­mar un equi­po pa­ra no ba­jar. Lo lo­gra­mos. Por eso unas se­ma­nas des­pués del de­but de Die­go me fui pa­ra Men­do­za don­de de­bía cum­plir un com­pro­mi­so. El ob­je­ti­vo es­ta­ba rea­li­za­do.”

Des­de el pun­to de vis­ta ca­tó­li­co se po­dría de­cir que lo que le ocu­rrió a ese equi­po fue un mi­la­gro. Lle­no de re­mien­dos, du­pli­can­do los pre­mios pa­ra ver si así los mu­cha­chos se in­cen­ti­va­ban y en­con­trán­do­se pa­ra al­mor­zar los días de par­ti­do en una pa­rri­lla del ba­rrio y así aho­rrar los gas­tos de con­cen­tra­cio­nes, Ar­gen­ti­nos vi­vía en la in­tras­cen­den­cia has­ta aquel 20 de oc­tu­bre.

“La his­to­ria nues­tra, des­pués de ese día, cam­bia­ría por com­ple­to –di­ce Mi­nu­ti–. Ju­ga­ba él por to­dos no­so­tros. En las can­chas veía­mos más gen­te, nues­tros in­gre­sos tam­bién su­bi­rían y ade­más Ar­gen­ti­nos co­men­zó a re­ci­bir ofer­tas pa­ra ir a ju­gar al in­te­rior o ex­te­rior. Den­tro de la can­cha lo me­jor que le vi fue un par­ti­do en Co­lom­bia an­te el Amé­ri­ca de Ca­li. Ese día hi­zo es­tra­gos an­te 50 mil per­so­nas que lo aplau­die­ron de pie. Amé­ri­ca lo que­ría com­prar por un mi­llón de dó­la­res.”

Gen­te que nun­ca ha­bía re­gis­tra­do la exis­ten­cia de un club lla­ma­do Ar­gen­ti­nos Ju­niors em­pe­za­ba a ano­tar­lo en sus agen­das, otros pre­gun­ta­ban en el ba­rrio qué co­lec­ti­vo los de­ja­ba en la can­cha de La Pa­ter­nal. Set­ti­mio Aloi­sio, hoy em­pre­sa­rio y an­tes di­ri­gen­te de Ar­gen­ti­nos, sin­te­ti­zó el mo­men­to con una fra­se: “Ma­ra­do­na era la te­ta de la que chu­pa­ba to­do el mun­do”.Roma, el marcador que vende seguros.

Roma, el marcador que vende seguros.

Sin dar nom­bres, Aloi­sio se re­fe­ría al ma­ne­jo de sus co­le­gas de en­ton­ces. Ro­ma en cam­bio es más ca­te­gó­ri­co: “El pre­si­den­te era Ga­llo. Con él no ha­bía pro­ble­mas. Pa­ra que se en­tien­da, Ga­llo era un se­ñor y Cón­so­li en cam­bio era un em­pre­sa­rio”. Pe­se a que a mu­chos les da ver­güen­za re­cor­dar­lo, al­gu­nas de las de­ci­sio­nes del Ar­gen­ti­nos de en­ton­ces pa­sa­ban por las ma­nos de un ge­ne­ral, Suá­rez Ma­son, el uni­for­ma­do que, se­gún cuen­ta Ove­lar, lle­gó al ex­tre­mo de im­po­ner a su hi­jo co­mo su­plen­te en un par­ti­do que ju­ga­ron en San­ta Fe.

Los hom­bres du­ros de aquel plan­tel eran Ri­car­do Pe­lle­ra­no y Car­los Fren. De Pe­lle­ra­no ya he­mos di­cho al­go. Fren (46), quien for­mó du­pla téc­ni­ca con Die­go en Man­di­yú y Ra­cing, no quie­re abrir la bo­ca. Ha ro­to re­la­cio­nes con Ma­ra­do­na y de­ja res­pe­tuo­sa­men­te una so­la fra­se: “No pien­so apa­re­cer en nin­gu­na no­ta don­de es­té ese se­ñor”.Carlos Fren, no quiso hablar.

Carlos Fren, no quiso hablar.

Pe­lle­ra­no y Fren fue­ron los pri­me­ros en to­mar con­cien­cia de lo que te­nían al la­do. Ol­fa­tea­ron que era ho­ra de ar­mar un en­tor­no de pro­tec­ción pa­ra que to­do el equi­po bo­ga­ra y bo­ga­ra ya que el Ne­ne ha­ría lo de­más.

“Yo era con Die­go lo que hoy es Tra­ver­so con Ri­quel­me. Al­go en­tre pa­ter­nal y her­ma­no me­nor –di­ce Pe­lle­ra­no–. Den­tro de la can­cha él de­cía que me con­si­de­ra­ba co­mo un téc­ni­co, que yo era el que me­jor veía los par­ti­dos, tal vez por eso des­pués me lle­vó co­mo ayu­dan­te de cam­po en Man­di­yú y Ra­cing”. Pe­lle­ra­no no só­lo com­par­ti­ría con Ma­ra­do­na su pa­sión por pa­rar­se bien den­tro de un cam­po de jue­go, tam­bién con los años los unió la ca­mi­se­ta sin­di­cal. “Yo era uno de los que pe­lea­ba pre­mios y suel­dos. Aho­ra soy con­gre­sal de la Aso­cia­ción de Per­so­nal de Fe­rro­ca­rri­les. Uno lle­va un in­dio aden­tro en la de­fen­sa de los com­pa­ñe­ros. Mi­ren lo que es el puer­to: an­tes éra­mos quin­ce mil tra­ba­ja­do­res y hoy ape­nas su­man cua­tro­cien­tos en el puer­to Ca­pi­tal”, re­la­ta el ex ca­pi­tán.

Los in­te­gran­tes de esa Ar­ma­da Bran­ca­leo­ne em­pe­za­ban a na­ve­gar por ma­res des­co­no­ci­dos. De pron­to to­do les sa­lía bien. Tal co­mo lo de­fi­ni­ría un ex Ce­bo­lli­ta, Os­val­do Da­lla Buo­na, Die­go im­pre­sio­na­ba a sus com­pa­ñe­ros ca­da vez que “de­ja­ba a diez ri­va­les co­mo pa­los de bow­ling”.Ibrahim Hallar entró en el segundo tiempo.

Ibrahim Hallar entró en el segundo tiempo.

Pa­ra el buen hu­mor y las pi­car­días es­ta­ba el Tur­co Ibra­him Ha­llar (49), de­lan­te­ro que in­gre­só tam­bién en el se­gun­do tiem­po an­te Ta­lle­res y que aho­ra ma­ne­ja una in­mo­bi­lia­ria en Ba­rra­cas. “Die­go siem­pre de­cía que yo era el ti­po que más lo hi­zo reír en el fút­bol. Con él com­par­tí el ban­co aque­lla tar­de y por eso siem­pre le agra­dez­co ese mo­men­to”.

–¿Por al­go en es­pe­cial?

–Por­que la úni­ca vez que me aplau­die­ron en una can­cha fue en ese par­ti­do. Es que cuan­do en­tré, va­rios mi­nu­tos des­pués, to­da­vía du­ra­ban los aplau­sos pa­ra Die­go y los li­gué de re­bo­te.

La suer­te de es­tos ve­te­ra­nos es úni­ca. No hay per­so­na en el pla­ne­ta que ten­ga en el ál­bum lo que tie­nen ellos. “Vi­vi­mos la me­jor eta­pa de Die­go –di­ce Ro­ma–. Cuan­do no te­nía res­pon­sa­bi­li­da­des. A cual­quier pi­be que jue­ga an­te 10 mil per­so­nas le tiem­blan las pier­nas. Él es­ta­ba de lo más tran­qui­lo en la can­cha y le sa­lían to­das”. Mi­nu­ti es más en­fá­ti­co aún­. “Vi­mos al Ma­ra­do­na que ju­ga­ba co­mo si es­tu­vie­ra en un po­tre­ro. En los en­tre­na­mien­tos y en los pri­me­ros par­ti­dos, cuan­do to­da­vía no era tan co­no­ci­do, hi­zo co­sas in­creí­bles con la pe­lo­ta por­que po­día ser más atre­vi­do”.

Eran las se­ma­nas en que El Ne­gro Pa­drón y sus or­gu­llo­sos com­pa­dres de los ta­blo­nes can­ta­ban en la po­pu­lar con cier­ta ino­cen­cia “La to­ca Die­go/ cen­tro de Avión (por Ló­pez)/ en­tra Bar­to­lo / y ha­ce el gol”. Lle­va­ba la mú­si­ca de una pro­pa­gan­da te­le­vi­si­va de Acro­cel, ro­pa de tra­ba­jo. Las hin­cha­das de aquel tiem­po, in­di­fe­ren­tes fren­te a la dic­ta­du­ra pe­ro muy sen­si­bles an­te cual­quier éxi­to de te­le­vi­sión, se en­tu­sias­ma­ban con los jin­gles. La ci­ta­da era la pri­me­ra can­ción de tri­bu­na en que se uti­li­za­ba la pa­la­bra Die­go. Bar­to­lo era Car­los Ál­va­rez (49) el cen­tro­de­lan­te­ro que for­mó la pri­me­ra du­pla mor­tal con Die­go. Hoy de­so­cu­pa­do y bus­can­do tra­ba­jo co­mo en­tre­na­dor, Ál­va­rez di­ce: “Con Die­go nos tur­ná­ba­mos, cuan­do yo re­tro­ce­día él iba pa­ra ade­lan­te y vi­ce­ver­sa. Es que yo fui nue­ve de cau­sa­li­dad. En las in­fe­rio­res era diez y por lo tanto no era tan de área. Igual mar­qué do­ce go­les en ese Na­cio­nal. Con Die­go, por su­pues­to, to­do era más fá­cil”.Carlos Álvarez.

Carlos Álvarez.

Otro de los mis­te­rios que per­si­gue a los pe­rio­dis­tas de aho­ra es por qué Ma­ra­do­na no fue ti­tu­lar in­dis­cu­ti­do a par­tir de la tar­de de su de­but. Si bien Die­go ju­gó en la fe­cha si­guien­te an­te Ne­well’s des­de el mi­nu­to ini­cial, una se­ma­na des­pués, con­tra Fe­rro, lo pu­sie­ron só­lo en el pri­mer tiem­po. Así si­guió ju­gan­do, de a pu­chi­tos, do­min­go tras do­min­go. Re­cién a par­tir de la fe­cha 15 del Na­cio­nal (sie­te se­ma­nas des­pués del 20 de oc­tu­bre) Ma­ra­do­na lo­gró la ti­tu­la­ri­dad pa­ra siem­pre. La ex­pli­ca­ción hay que bus­car­la en una tra­di­ción se­ten­tis­ta, eso de ir lle­van­do des­pa­cio a los pi­bes.

Si sir­ve el con­sue­lo, va­le se­ña­lar que Pe­lé, quien de­bu­tó en el San­tos el 7 de se­tiem­bre de 1956, an­te Co­rint­hias de San­to An­dré, ca­len­tó dos me­ses el ban­co de su­plen­tes sin in­gre­sar un mi­nu­to, has­ta que el 15 de no­viem­bre del mis­mo año fue in­clui­do co­mo ti­tu­lar fren­te a Ja­ba­qua­ra. Pa­ra quie­nes lle­van la pul­sea­da Ma­ra­do­na-Pe­lé has­ta to­dos sus ex­tre­mos, otro pun­to a fa­vor de Die­go.El palco de prensa, el día del partido. 4 periodistas de El Gráfico en la foto: desde la izquierda José Antonio Prieto, Héctor Vega Onesime, saludando a cámara Osvaldo Ricardo Orcasitas (O.R.O.) y Ernesto Cherquis Bialo. El Gráfico a pleno.

El palco de prensa, el día del partido. 4 periodistas de El Gráfico en la foto: desde la izquierda José Antonio Prieto, Héctor Vega Onesime, saludando a cámara Osvaldo Ricardo Orcasitas (O.R.O.) y Ernesto Cherquis Bialo. El Gráfico a pleno.

MIS QUE­RI­DOS DES­CA­MI­SA­DOS

Anéc­do­tas más, anéc­do­tas me­nos, la po­pu­la­ri­dad de Ma­ra­do­na cre­ció en cues­tión de unos po­cos días y unas po­cas no­ches. El chi­co ca­lla­di­to del mes de oc­tu­bre aga­rra­ba con­fian­za al mis­mo tiem­po que los di­ri­gen­tes aga­rra­ban la cal­cu­la­do­ra. Cuen­ta Mi­nu­ti que an­tes de fin de año Die­go se acer­có pa­ra pre­gun­tar­le:

–Che, Ber­to, vi­nie­ron los di­ri­gen­tes a de­cir­me que quie­ren ha­blar­me del con­tra­to. ¿Qué les pi­do?

–La can­cha Die­go, pe­diles la can­cha –res­pon­dió el con­se­je­ro­.

“Pe­ro des­pués le ha­blé en se­rio –di­ce Mi­nu­ti–. Le di­je que ade­más del suel­do re­cla­ma­ra una ca­sa pa­ra la fa­mi­lia. Al po­co tiem­po le al­qui­la­ron una.”

De lo que se ha po­di­do re­cons­truir, las pri­me­ras afi­ni­da­des de Die­go se die­ron con los más jó­ve­nes de aquel equi­po. Jor­ge Ló­pez (44), el pun­te­ro de­re­cho que hoy di­ri­ge a Atlé­ti­co Con­cep­ción de la Ban­da del Río Sa­lí, cuen­ta que “los más chi­cos siem­pre an­dá­ba­mos jun­tos. Yo iba a me­ren­dar a su ca­sa que que­da­ba cer­ca del es­ta­dio. Él siem­pre es­ta­ba con su fa­mi­lia, lo úni­co que que­ría era ju­gar y ju­gar y con­so­li­dar­se en Pri­me­ra“.El tucumano Jorge López.

El tucumano Jorge López.

Su otro alia­do fue el Grin­go Get­te, con quien com­par­tía la ha­bi­ta­ción cuan­do lle­gó la épo­ca de las va­cas gor­das y se podía ir a un ho­tel:

“Los dos her­ma­ni­tos de Die­go ve­nían a nues­tra pie­za. Es­tá­ba­mos con Ló­pez, que se traía un col­chon­ci­to y lo ti­ra­ba en el pi­so por­que dor­mía en el sue­lo.

Ar­má­ba­mos un ring en la ha­bi­ta­ción y ha­bía bo­xeo pe­ro con toa­llo­nes en la ma­no. Siem­pre co­bra­ba por­que los tres Ma­ra­do­na me ca­ga­ban a pa­los”.

Sus dos primeros goles en profesional marcados a San Lorenzo de Mar del Plata

Ca­da en­tre­na­mien­to pa­re­cía muy dis­tin­to del otro. O al me­nos eso les pa­re­cía a los ju­ga­do­res des­de oc­tu­bre. “Yo go­cé a Die­go más que na­die –sen­ten­cia Car­los Mu­nut­ti (49), el ar­que­ro que hoy vi­ve en Los Án­ge­les y se de­di­ca a com­prar ca­sas vie­jas pa­ra re­pa­rar­las–. Nos que­dá­ba­mos dos o tres ho­ras des­pués de la prác­ti­ca y Die­go me pa­tea­ba des­de cual­quier án­gu­lo y en­ci­ma me re­la­ta­ba los go­les.” Aque­llas es­ce­nas y el Ma­ra­do­na de en­tre ­se­ma­na es cer­ti­fi­ca­do por el tes­ti­mo­nio de Ro­dol­fo Val­go­ni, el PF de aquel equi­po: “Ade­más de lo que Die­go hi­zo en la can­cha, hay de­ta­lles que in­di­can que fue di­fe­ren­te. En las prác­ti­cas no se iba has­ta que no le pe­ga­ba cua­tro ve­ces se­gui­das al tra­ve­sa­ño y tam­po­co se iba si no le da­ba sie­te ve­ces con el em­pei­ne a la pe­lo­ta ele­ván­do­la unos vein­te me­tros y sin de­jar­la caer. No hay en el mun­do otra per­so­na que pue­da ha­cer esas dos prue­bas. Die­go no fue pre­ci­sa­men­te de los ju­ga­do­res va­gos, to­do lo con­tra­rio”.Munutti repara casas en Los Ángeles.

Munutti repara casas en Los Ángeles.

 La me­jor in­di­ca­ción es el si­len­cio

Mon­tes mi­ra­ba a Ma­ra­do­na y Ma­ra­do­na mi­ra­ba a Mon­tes. No es que el téc­ni­co y el ju­ga­dor se en­ten­dían sin mi­rar­se. Era que Mon­tes ha­bía comprendi­do en­se­gui­da que na­da po­día de­cir­le a ese jo­ven­ci­to que le ha­bía caí­do de otra ga­la­xia. Mon­tes era un sen­ti­men­tal, al que le gus­ta­ban las lar­gas no­ches y que creía más en la fan­ta­sía que en los pi­za­rro­nes ver­des.

116 partidos, 116 goles en el bicho

Cuan­do pa­só el shock del de­but, Mon­tes, due­ño de una pi­car­día y un es­ti­lo de di­rec­ción al es­ti­lo de Án­gel La­bru­na, pre­pa­ró a Ma­ra­do­na pa­ra el se­gun­do par­ti­do con un so­lo con­se­jo: “Pi­be, va­mos a ju­gar con­tra «Ñuls». La pa­ta­da más ba­ja te la van a dar en el men­tón. Los que te van a mar­car son Ga­lle­go y Ber­ta. A Ga­lle­go ha­ce­lo echar de la can­cha, ti­ra­le un ca­ño”. Mon­tes sa­bía lo que ha­cía. Ha­bía di­ri­gi­do a Ne­well’s me­ses atrás y co­no­cía que Ga­lle­go y la le­che her­vi­da eran lo mis­mo.

Ar­gen­ti­nos per­dió 4 a 2 con Ne­well’s, pe­ro se­gún cuen­ta Pe­lle­ra­no: “Mon­tes me di­jo a mí que si ga­na­ba el sor­teo eli­gie­ra el sa­que. Que­ría que la pri­me­ra ju­ga­da fue­ra nues­tra, que pa­sa­ra por los pies de Die­go por­que es­ta­ba se­gu­ro de que Ga­lle­go lo iba a ame­dren­tar. Nos fue bien, yo le di­je en­se­gui­da a Die­go ‘acor­da­te lo que te di­jo Mon­tes’. Y así fue; en la pri­me­ra ju­ga­da le ti­ró un ca­ño al To­lo que yo me aga­rré la ca­be­za en el me­dio de la can­cha y bus­qué con la mi­ra­da el ban­co de su­plen­tes. Es­te es mons­truo de ver­dad le di­je a Mon­tes”.

“No ha­cía fal­ta de­cir­le na­da a Die­go, nin­gún téc­ni­co le hi­zo hin­ca­pié en nin­gún as­pec­to”, cuen­ta Ma­teo Di Do­na­to (52), el vo­lan­te que esa tar­de de oc­tu­bre te­nía la ca­mi­se­ta diez y a quien hoy asal­ta la de­so­cu­pa­ción. “En las prác­ti­cas no lo po­día­mos to­car –sos­tie­ne– por­que los en­tre­na­do­res nos pe­dían que tu­vié­ra­mos cui­da­do. Nos pin­ta­ba la ca­ra por to­dos la­dos. Ima­gí­nen­se si pe­gán­do­le los ri­va­les no lo po­dían pa­rar las co­sas que ha­cía en los en­tre­na­mien­tos. Pa­ra mí es un or­gu­llo ha­ber si­do la fi­gu­ra del par­ti­do an­te Ta­lle­res. Y Die­go es lo má­xi­mo en mi ca­sa. Una vez, en 1977, vi­no a bus­car a mi hi­jo pa­ra lle­var­lo a De­port Hit y ves­tir­lo de pies a ca­be­za”.Mateo Di Donato

Mateo Di Donato

Él y los otros, to­dos los del pla­cer de la pri­me­ra vez, ya pa­sa­ron los cua­ren­ta y los cin­cuen­ta. Así co­mo el vien­to de la fa­ma le­van­tó en­se­gui­da a Die­go, el otro vien­to los fue de­jan­do a ca­da uno en su co­ti­dia­no su­frir. En 1990 cuan­do Die­go y Clau­dia se ca­san, una de las me­sas de la fies­ta fue ocu­pa­da por aquel equi­po de Ar­gen­ti­nos.

Ro­za­dos al­gu­nos se­gun­dos por la va­ri­ta que to­có al ge­nio, hoy pue­den sa­car cha­pa de pri­vi­le­gia­dos an­te los su­yos. De­be ser co­mo lo cuen­ta Ove­lar en su mo­des­ta ca­sa de Flo­ren­cio Va­re­la don­de El Grá­fi­co en­con­tró a quien sus com­pa­ñe­ros no ha­bían vis­to más: “Ha­ce trein­ta años que vi­vo en es­te ba­rrio, pe­ro sé que es di­fí­cil ubi­car­me. Se­gu­ra­men­te por­que me mu­dé de la ca­sa de mi vie­ja la tar­je­ta de in­vi­ta­ción de Die­go a su ca­sa­mien­to no me de­be ha­ber lle­ga­do. La úl­ti­ma no­ti­cia de Ma­ra­do­na la tu­ve en 1979 cuan­do me man­dó una tar­je­ta pa­ra fin de año. Pe­ro pa­ra mí me al­can­za con ha­ber si­do su com­pa­ñe­ro. Yo dis­fru­té esa épo­ca. Yo lo vi ti­rar ca­ños con el ta­co y lle­var­se ri­va­les de un cos­ta­do a otro de la can­cha”.

Fue así el 30 de oc­tu­bre de 1976, cuan­do apa­re­ció un pi­be con lo me­jor de Alon­so, de Bo­chi­ni y de Hou­se­man, que ju­ga­ba co­mo Alon­so, co­mo Bo­chi­ni y co­mo Hou­se­man, pe­ro ade­más co­mo Man­dra­ke y co­mo Hou­di­ni.

La no­ve­dad se me­tió muy rá­pi­do en las re­dac­cio­nes; de allí sal­tó a las má­qui­nas de es­cri­bir y en po­co tiem­po mi­les de ar­gen­ti­nos em­pe­za­ron a es­cu­char con in­sis­ten­cia el nom­bre Die­go. Le de­cían Pe­lu­sa en el 76, lue­go El Ne­ne, lue­go Die­gui­to y lue­go El Diez; pa­ra el 86 un re­la­tor uru­gua­yo lo lla­ma­ría Ba­rri­le­te Cós­mi­co y otra do­ce­na de ellos bus­có po­ner­le un apo­do más sen­sa­cio­nal.

Na­die pu­do. O pu­die­ron to­dos. Por­que al fi­nal fue el pue­blo el que hi­zo lo que la Real Aca­de­mia ja­más hu­bie­se to­le­ra­do: con­vir­tió en ad­je­ti­vo lo que nun­ca fue ad­je­ti­vo.

Des­de en­ton­ces, to­do lo que bri­lla se lla­ma Ma­ra­do­na.

Por Pablo Llonto y Diego Borinsky (2001)

Mirada firmeEn su biografía, Diego recuerda que el técnico le adelantó en la práctica del martes que iba a jugar frente a Talleres. Todas las sensaciones de aquel día inolvidable en este testimonio extraído de su libro.

Lo cier­to es que yo ya me en­tre­na­ba con la Pri­me­ra en la can­cha de Co­mu­ni­ca­cio­nes. En la prác­ti­ca del mar­tes, se me acer­có el téc­ni­co y me di­jo: “Mi­re que ma­ña­na va a ir al ban­co de pri­me­ra, eh?”. A mí no me sa­lían las pa­la­bras, en­ton­ces le di­je:  “¿¡Qué!? ¿¡Có­mo!”. Y él me re­pi­tió: “Sí, va a ir al ban­co de Pri­me­ra. Y pre­pá­re­se bien por­que us­ted va a en­trar”. En­ton­ces yo aga­rré, des­de ahí mis­mo, de Co­mu­ni­ca­cio­nes, me fui co­rrien­do con el co­ra­zón en la bo­ca pa­ra con­tar­le a mi vie­jo, a mi vie­ja. Y, cla­ro, le con­té a la To­ta y a los se­gun­dos ya lo sa­bía to­do Fio­ri­to, ¡to­do Fio­ri­to sa­bía que yo ju­ga­ba al otro día! (…) Nos jun­ta­mos an­tes del par­ti­do a co­mer ahí en Jon­te y Bo­ya­cá. El clá­si­co bi­fe con pu­ré, con la char­la téc­ni­ca de Mon­tes co­mo pos­tre, to­do ahí. Des­pués cru­za­mos ca­mi­nan­do has­ta la can­cha, en­tre la gen­te, ¡no nos co­no­cía na­die! Y en­ci­ma eran to­dos cor­do­be­ses (…) Nos es­ta­ban dan­do un to­que bár­ba­ro y a los 27 mi­nu­tos el Ha­cha Lu­due­ña hi­zo el gol. An­tes del fi­nal del pri­mer tiem­po, Mon­tes, que es­ta­ba en la otra pun­ta del ban­co, gi­ró la ca­ra ha­cia mí y me cla­vó la mi­ra­da, co­mo pre­gun­tán­do­me: “¿Se ani­ma?”. Yo le man­tu­ve la mi­ra­da y ésa, creo, fue mi res­pues­ta. En­se­gui­da em­pe­cé con el ca­len­ta­mien­to y en el arran­que del se­gun­do, en­tré. En el bor­de de la can­cha, Mon­tes me di­jo: “Va­ya, Die­go, jue­gue co­mo us­ted sa­be. Y si pue­de, ti­re un ca­ño”. Le hi­ce ca­so: re­ci­bí la pe­lo­ta de es­pal­das a mi mar­ca­dor, que era Juan Do­min­go Pa­tri­cio Ca­bre­ra, le ama­gué y le ti­ré la pe­lo­ta en­tre las pier­nas; pa­só lim­pi­ta y en­se­gui­da es­cu­ché el oooo­le de la gen­te, co­mo una bien­ve­ni­da. No es­tu­vie­ron to­dos los que di­cen ha­ber es­ta­do, pe­ro las tri­bu­nas es­ta­ban has­ta la ma­ni­ja, no se veía ni un pe­da­ci­to de ta­blón. Me acuer­do de que lo que más me lla­mó la aten­ción fue la fal­ta de es­pa­cios; la can­cha me pa­re­cía chi­qui­ta al la­do de las in­fe­rio­res. Y los gol­pes gran­des (…) Siem­pre di­go que, fut­bo­lís­ti­ca­men­te, ese día to­qué el cie­lo con las ma­nos. Por to­do, yo sa­bía que se ini­cia­ba al­go muy im­por­tan­te en mi vi­da.

Por Diego Maradona (Del libro «Yo soy el Die­go de la gente”, EDITORIAL PLANETA)Juan Domingo Cabrera, la primera "víctima2 de Diego en primera.

Juan Domingo Cabrera, la primera «víctima2 de Diego en primera.

De paso, cañazoJuan Domingo Patricio Cabrera pasó a la historia por ser el primer hombre burlado por el talento de Diego. “Me enorgullece que me haya metido el primer caño”, asegura.

Nun­ca una ju­ga­da que sue­le al­can­zar gra­dos al­tí­si­mos de hu­mi­lla­ción en quien la pa­de­ce –nos re­fe­ri­mos al vie­jo y que­ri­do “ca­ño”– des­per­tó tan­to or­gu­llo en la víc­ti­ma de tur­no. “Cla­ro que es un or­gu­llo; si me lo ha­cía Rug­ge­ri hu­bie­se si­do dis­tin­to, pe­ro me lo hi­zo Die­go. Yo no fui tan ma­lo co­mo fut­bo­lis­ta, pe­ro sé que pa­sé a la his­to­ria por ese ca­ño”, ad­mi­te des­de Sal­ta Juan Do­min­go Pa­tri­cio Ca­bre­ra, que en­tró en la his­to­ria por ser el “pri­mer hom­bre bur­la­do” en el fút­bol gran­de por el ta­len­to de Die­go.Aquel 20 de oc­tu­bre, ju­gan­do pa­ra Ta­lle­res, el Cha­cho –co­mo se lo co­no­ce en el am­bien­te del fút­bol– se acer­có al chi­qui­lín de 15 años que aca­ba­ba de in­gre­sar pa­ra qui­tar­le la pe­lo­ta, pe­ro no tu­vo mu­cho éxi­to: “Yo ju­ga­ba de ocho, así que es­ta­ba so­bre la de­re­cha. Lo fui a apre­tar, pe­ro no me dio tiem­po a na­da. Me ti­ró el ca­ño, y cuan­do me qui­se dar vuel­ta ya se ha­bía es­ca­pa­do. Re­cuer­do que pa­ra ese par­ti­do ya se co­men­ta­ban las con­di­cio­nes fut­bo­lís­ti­cas que él te­nía. Y que cuan­do en­tró en el se­gun­do tiem­po nos com­pli­có bas­tan­te”.Ca­bre­ra vi­ve hoy en el Ba­rrio Vi­lla So­le­dad, en Sal­ta Ca­pi­tal, y tra­ba­ja en una re­mi­se­ría día por me­dio en tur­nos de 24 ho­ras. Co­mo sép­ti­mo hi­jo va­rón tu­vo co­mo pa­dri­no al pre­si­den­te de tur­no; en su ca­so, Juan Do­min­go Pe­rón, de ahí su nom­bre. Y re­cuer­da que des­pués de aquel ca­ño his­tó­ri­co tu­vo más de un en­cuen­tro con Die­go: “Com­par­ti­mos la pri­me­ra se­lec­ción que se for­mó des­pués del Mun­dial 78. Ha­blá­ba­mos mu­cho con él y con Bar­bas de nues­tra con­di­ción hu­mil­de, por­que ha­bía­mos sa­li­do de la vi­lla. Eso sí, ja­más to­ca­mos el te­ma del ca­ño”.

El mejor gol de Diego Maradona en su carrera lo marcó en Colombia hace 40 años

Un 19 de febrero de 1980, es una fecha especial para Diego Maradona según palabras del propio astro marcó el mejor gol que en su carrera, lo hizo en Colombia más exactamente en Pereira.

Maradona ha sido artífice de grandes goles que han sido renombrados por la prensa mundial, como los dos que le marcó a Inglaterra en el Mundial de 1986 o tantos que marcó con el Barcelona, Napoli, Sevilla, entre otros. Goles que han quedado en la memoria de todos sus seguidores que hasta el día de hoy los recuerdan con gran cariño.

Sin embargo, muchos no saben que ese gol del Mundial del 1986 no fue el mejor que marcó Diego Maradona. Contado por él mismo, Maradona tiene gratos recuerdos de un tanto que anotó en Colombia el 19 de febrero de 2020 jugando para Argentinos Juniors.

En esa época, los equipos argentinos visitaban el país para hacer la pretemporada. Justo en ese año, Argentinos Juniors participó de un torneo amistoso en el que jugó ante Pereira, América y Deportivo Cali.

Ese juego, entre Pereira y el equipo argentino, se promocionó como el duelo entre Maradona y la figura del Deportivo Pereira, Benjamín ‘Mincho’ Cardona, quien días antes había hecho parte de la Selección Colombia que clasificó a los Juegos Olímpicos de Moscú. 

El propio Maradona reconoció que no estaba bien, pero que ese fue su mejor gol: «Ese día tenía el dedo así, todo gordo, feo. Parecía un huevo de Pelé

Fuentes; Clarin, El Gráfico, RADAR DEPORTIVO, RCN, Hemeroteca Personal, CeroaCero

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